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Sáname, Señor, y seré salvo; porque tú eres mi alabanza. Jeremías 17:14


En 1998 empecé a sentir malestar general. Ante mis intensos sufrimientos, enseguida me llevaron al medico, que me diagnosticó lupus, una enfermedad degenerativa. Me recetaron una dosis muy alta de esteroides sin prevenirme de los efectos secundarios que este medicamento podría causarme. Al sentirme cada día peor, acabaron hospitalizándome. Varios meses después, regrese a mi hogar y allí comencé a perder la lucidez: no reconocía a mi esposo ni a mis hijos.

Me diagnosticaron entonces diabetes medicamentosa, con valores elevadísimos. Los médicos les dijeron a mis familiares que estaba muy grave, que ya no podían hacer nada por mi, y que muy probablemente no pasaría la noche. Mi familia y hermanos en Cristo oraron por mi mejoría, y Dios escuchó sus oraciones.

Unos meses después comencé a sentir unos dolores fuertes en las piernas, y caminaba con bastante dificultad. Nuevamente fui hospitalizada y quedé postrada en cama por mucho tiempo, resultado de los efectos secundarios de los esteroides. Mi esposo e hijos sufrían al verme en ese estado. Los hermanos de iglesia seguían orando. En el servicio de traumatología, los médicos hablaron de operarme y colocarme una prótesis en donde tenía una lesión con destrucción de masa ósea, pero pasaba el tiempo y la prótesis no llegaba.

Pasé de la  cama a la silla de ruedas y comencé a hacer algunos quehaceres domésticos. Empecé a sentirme mas o menos independiente, y llego el momento en que no fui mas a traumatología. Oré a Dios así: “Señor, si quieres que vuelva a caminar, sé que lo harás. Haz tu voluntad en mí”.

Una tarde mi hijo menor me llevaba a la iglesia y un automóvil le dio fuerte golpe a la silla de ruedas, que sufrió daños. Gracias a Dios, a mí no me pasó nada. Fui al hospital para pedir otra silla. Cuando el medico me vio, me dijo que fuera a consulta nuevamente. Cuando el doctor me examinó, no sentí molestias. Me puse de pie sin dificultad. El medico me dijo: “No te vamos a operar por que la naturaleza ha sido muy sabia: se ha formado en tus huesos un ligamento tan fuerte que no es necesario ponerte prótesis”. Le respondí con lagrimas: “Doctor, no fue la naturaleza. Fue Dios, quien hizo este milagro en mí. Gracias a él, ocho años después, ¡Vuelvo a andar!